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Calor entre ensayos

Relatos de Aventura · aprox. 7 min de lectura · Mayores de 18

Esta historia fue creada automáticamente con ayuda de IA. Todos los personajes son mayores de edad. +18.

Recuerdo exactamente el momento en que lo vi por primera vez. Estaba en el escenario, con los ojos cerrados, moviéndose al ritmo de una vieja canción de jazz. Sus brazos se estiraban sobre su cabeza, y su cuerpo parecía enroscarse en la música. Me sentí inmediatamente atraída por su presencia, por la forma en que se movía, como si la música lo guiara desde dentro. Yo era la coreógrafa de la obra, y él era el nuevo bailarín que habíamos contratado para la producción. Sabía que no podía tenerlo, no de esa manera, no en esa situación. Pero no podía evitar sentirme atraída hacia él. Cada vez que lo veía, sentía un latido en mi vientre, un calor húmedo que se extendía entre mis piernas. Apretaba los muslos para reprimir el deseo, pero no servía de nada.

Su nombre era Alexander, y tenía treinta y tantos años, con una figura atlética y un rostro casi demasiado perfecto para ser real. Yo, en cambio, rondaba los cuarenta, con un cuerpo marcado por años de baile y un rostro que nunca había considerado especialmente bonito. Pero cuando miraba a Alexander, de repente me sentía como una mujer que era notada, que era vista. Era una sensación extraña que no podía definir. Solo sabía que no podía ignorarla. Cuando comenzaron los ensayos, me encontraba una y otra vez cerca de Alexander, observándolo mientras bailaba, sintiéndome atraída hacia él. Sabía que estaba mal, que era una historia de amorío que no podía terminar bien. Pero no podía evitar sentirme atraída por él. En los vestuarios, cuando nos cambiábamos, dejaba que mi mirada recorriera su cuerpo, sobre los duros contornos de su pecho, los abdominales definidos que se marcaban bajo su camisa. Imaginaba cómo sería sentir esos músculos bajo mis manos, tener mi boca sobre su piel.

Comencé a concentrarme en los ensayos para distraerme de los sentimientos que surgían en mí. Pero cuanto más me ocupaba de la coreografía, más me encontraba cerca de Alexander. Hablábamos sobre la música, sobre los movimientos, y me sentía atraída hacia él, como si fuéramos uno solo. Era una sensación extraña que no podía definir. Solo sabía que no podía ignorarla. Una noche, cuando los ensayos terminaron, Alexander me preguntó si quería tomar una copa de vino con él. Dudé un momento antes de asentir. Fuimos a un café cercano, y mientras conversábamos, me sentía atraída hacia él, como si fuéramos uno solo. Era un proceso lento y sensual que me hundía cada vez más en sus ojos. Me habló de sus viajes, de sus bailes, y sentí cómo mi tanga se humedecía mientras lo miraba fijamente. Imaginaba cómo sus manos me tocarían, cómo sus dedos penetrarían en mí.

Sabía que estaba mal, que era una historia de amorío que no podía terminar bien. Pero no podía evitar sentirme atraída por él. Cuando salimos del café, Alexander se ofreció a llevarme a casa. Asentí, y caminamos por las calles de Londres hasta llegar a mi casa adosada. Me miró, y sentí como si me ahogara en sus ojos. Era un momento que lo cambiaría todo. Se inclinó hacia adelante, y sentí sus labios tocar los míos. Fue un beso lento y sensual que me hundió más y más en sus brazos. Sabía que estaba mal, que era una historia de amorío que no podía terminar bien. Pero no podía evitar sentirme atraída por él. Su lengua se deslizó en mi boca, y sentí cómo todo mi cuerpo ardía. Agarré su mano y lo guié escaleras arriba. Cuando entramos en mi dormitorio, ya estaba sin aliento. Me quitó el vestido, y quedé desnuda frente a él, mis pechos pesados y mi coño mojado y listo.

—Te quiero —susurró, y sus manos recorrieron mis tetas, masajeándolas mientras frotaba mis pezones con el pulgar. Gemí fuerte cuando se inclinó y tomó un pezón en su boca. Su lengua lo rodeó mientras yo me lamía los labios. Sentí cómo mi coño se mojaba aún más cuando empezó a chuparme. —Tócame —jadeé, y su mano viajó entre mis piernas. Sentí cómo sus dedos acariciaban mis labios vaginales antes de penetrarme. —Oh, sí —grité cuando metió dos dedos en mí, estirándome, preparándome. Estaba tan húmeda, tan lista, y necesitaba más.

Sacó sus dedos, y lo vi abrirse el cinturón, dejar caer sus pantalones. Su polla sobresalía, dura y larga y gruesa, la punta brillante por mi humedad. Tragué saliva al ver cómo la sostenía en su mano. —¿La quieres? —preguntó, y asentí, incapaz de hablar. Me tumbó en la cama, separó mis piernas y se colocó entre mis muslos. Sentí la punta de su polla en mi entrada, y cerré los ojos, lista para lo que vendría. Empujó lentamente, y sentí cómo se deslizaba dentro de mí, más y más profundo, hasta que estuvo completamente dentro. Sentí cómo mi cuerpo se adaptaba a él, cómo mi coño lo envolvía, como si estuviéramos hechos el uno para el otro. —Te sientes tan bien —gimió, y yo clavé mis uñas en su espalda mientras comenzaba a moverse dentro de mí.

Sus embestidas se volvieron más rápidas, más duras, y sentí cómo mi vientre se contraía, cómo el placer ascendía en mí. Se inclinó y me besó, su lengua en mi boca, mientras me follaba. Sentí cómo me acercaba al orgasmo, cómo mi coño se apretaba alrededor de su polla. —Correte para mí —susurró, y exploté. Grité su nombre mientras mi cuerpo se retorcía bajo el suyo, mientras las olas de placer fluían a través de mí. Sentí cómo él también se corría, cómo se vaciaba dentro de mí, cómo su líquido caliente me llenaba. Nos quedamos allí, sudados y sin aliento, y supe que nunca tendría suficiente de él.

En las semanas siguientes, pasábamos cada minuto libre juntos. Bailábamos, comíamos, bebíamos y nos amábamos. Era una historia de amorío que nunca había planeado, que nunca había querido. Pero no podía evitar sentirme atraída por él. Cada vez que nos encontrábamos, terminaba en la cama. Me lamía el coño hasta que gritaba, y yo tomaba su polla en mi boca, chupándola hasta que se corría en mi garganta. Era una adicción, una obsesión, y no podía parar.

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