Mara no había olvidado aquel roce. Habían pasado semanas, un momento fugaz junto a la cafetera, cuando la mano de Lukas se había demorado una fracción de segundo más de lo necesario sobre la suya. En su momento lo había achacado al azar, pero ahora, en el estrecho compartimento del tren nocturno, sentía el recuerdo como un eco en su piel. La ligera presión de sus dedos, el calor que desprendían… la había afectado más de lo que quería admitir. Las noches siguientes solía quedarse despierta, recreando la escena una y otra vez, preguntándose si lo había hecho a propósito. Pero luego llegaban las reuniones, las presentaciones, los interminables correos, y el momento se hundía en la rutina. Hasta ahora.

Un encuentro inesperado
—Nunca imaginé que tomarías este tren —dijo Lukas, dejándose caer en el asiento de enfrente. El traje gris le sentaba perfecto, como siempre, pero los botones superiores de la camisa estaban desabrochados y la corbata floja. Parecía cansado, pero sus ojos la escrutaban con una intensidad que cortó la respiración de Mara. En esa mirada había algo que no lograba descifrar: una chispa que aceleró su corazón.
—El tren cambió mi reserva —respondió ella, cerrando el libro que solo había abierto como escudo. Las palabras de las páginas habían pasado ante sus ojos sin cobrar sentido—. ¿Y tú?
—Reunión de proyecto en Fráncfort. Tuve que salir antes —se recostó, sus hombros anchos llenaban el asiento—. Qué bien que podamos hacernos compañía.
Mara sonrió, una sonrisa diplomática que usaba en presentaciones con clientes. Pero bajo la mesa le temblaban las rodillas. Se conocían desde hacía dos años, trabajaban en el mismo equipo, se habían sentado frente a frente docenas de veces en salas de reuniones. Nunca le había costado mantener la distancia profesional. Hasta hoy. Hoy todo era diferente. La oscuridad exterior, lo reducido del compartimento, la cercanía inusual… era como si el tren los hubiera transportado a un mundo aparte, donde las reglas habituales ya no regían.
El tren se puso en movimiento, las luces de la estación se deslizaron hacia atrás. Afuera caía la tarde, y con cada minuto que se adentraban en la oscuridad, crecía la sensación de que las reglas del mundo exterior ya no aplicaban allí. El traqueteo de las ruedas sobre los rieles se volvió un ritmo monótono que la sumió en una especie de trance. Mara sintió cómo sus sentidos se agudizaban: el olor a tela gastada y metal, el zumbido leve del aire acondicionado, el crujido de los asientos cuando Lukas se movía. Percibía cada detalle de él: el leve desorden de su cabello, la sombra de la barba sin afeitar en su mentón, la forma en que cruzaba las piernas estirando la tela de su pantalón. Su mirada se quedó prendida en su bragueta, e imaginó lo que había debajo, cómo se sentiría su polla si la sostuviera en la mano.
El juego de las palabras
—¿Recuerdas la cena del equipo el año pasado? —preguntó Lukas, inclinándose hacia adelante. La mesa entre ellos era estrecha, de apenas un metro de ancho—. Habías bebido demasiado vino tinto y me confesaste que le tenías miedo a las montañas rusas. Su aliento rozó su rostro, cálido y con un ligero aroma a café.
Mara rió en voz baja. —Y tú me contaste que de niño montaste un pony que te tiró. Desde entonces odias los caballos. Recordaba su risa de entonces, profunda y contagiosa, y cómo la había sorprendido.
—No les tengo miedo a los animales. Solo respeto. —Su boca se torció en una sonrisa torcida—. Pero a ti también te respeto.
—¿Por qué? —Jugaba con el borde de su libro, buscando apoyo en el gesto familiar.
—Porque eres la única que me desafía en las reuniones. Los demás solo asienten, pero tú haces preguntas. Piensas diferente. —Hizo una pausa, dejando que las palabras surtieran efecto—. Y te ves diferente. Cuando entras a la sala, a veces olvido lo que iba a decir. —Su voz se volvió más baja, confidencial—. Entonces me quedo mirando tus labios y me pregunto cómo se sentirán. Y me quedo mirando tus tetas bajo esa blusa y me pregunto cómo se verán cuando te las quites.
Las mejillas de Mara ardían. Bajó la mirada a sus manos, entrelazadas sobre la mesa. La piel de sus dedos estaba caliente, y sentía el pulso latir en sus muñecas. Entre sus piernas se extendía un calor húmedo, y apretó los muslos para controlar la creciente excitación. —Esa es una declaración muy directa para un colega.
—Ya no somos colegas. No esta noche. —Su voz se había vuelto más baja, un timbre oscuro que Mara sintió en lo profundo del pecho—. Somos dos personas que casualmente comparten el mismo compartimento. Lo que pase aquí, se queda aquí.
Ella levantó la cabeza. Sus ojos eran oscuros, casi negros bajo la tenue luz del flexo. Había algo en ellos que no podía nombrar, una promesa o una amenaza, que la atraía y la inquietaba a partes iguales. Sintió cómo su respiración se volvía más superficial, cómo un calor se extendía en su vientre. Su coño empezó a palpitar, un dolor sordo y apremiante que exigía ser saciado.
—¿Qué se supone que debe pasar? —preguntó, aunque ya sabía la respuesta.
—Eso depende de ti. —Su mirada recorrió su rostro, se detuvo en sus labios—. Podría besarte ahora mismo. O podríamos seguir sentados un rato más, hablando. O podrías levantarte e irte a otro compartimento. Es tu decisión.
Cruzar el límite
El tren traqueteaba a través de la noche. Afuera pasaban luces aisladas, pequeños pueblos sumidos en el sueño. Mara sentía cada vibración del suelo, cada sacudida que la acercaba más a él. Sus piernas estaban pesadas, su respiración superficial. Imaginaba sus labios sobre los suyos, sus manos explorando su cuerpo. El pensamiento la hizo estremecerse, y entre sus muslos se humedeció aún más. Podía oler el dulce aroma de su propia excitación mezclándose con el olor a tela gastada y metal.
—Debería dormir —dijo, pero su voz sonó ronca, sin convencerse ni a sí misma.
—¿No puedes? —preguntó él, y no era una pregunta, sino una afirmación. Se levantó, el movimiento tan fluido que el bamboleo del tren apenas lo afectó. Se dejó caer en el asiento junto a ella, su muslo presionando contra el de ella. El calor de su cuerpo traspasó la tela de su pantalón, y Mara sintió cómo su corazón golpeaba contra sus costillas.
—Lukas, ¿qué haces? —susurró ella,
Voces de la comunidad
Aún no hay voces — sé la primera en decir qué te ha excitado.

