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Abajo hacia la nada

Relatos de Oficina · aprox. 7 min de lectura · Mayores de 18

¿Qué demonios estaba pensando cuando me quedé atrapada con ella en el ascensor? Lena aprieta los labios hasta que el lápiz labial se corre, cuando la cabina se detiene con un tirón. La luz de emergencia parpadea, bañando el rostro de Julia en un naranja pálido — ese rostro que la ha estado mirando con una sonrisa durante todo el día a través del monitor, con esa mezcla de arrogancia y suficiencia. Y ahora están aquí, dos pisos sobre el suelo, y las luces se apagan como un último suspiro.

—Genial —murmura Julia. Su voz ni siquiera suena molesta. Más bien divertida, casi ansiosa. Lena la oye apoyarse contra la pared, el leve rasguño de su manicura sobre el metal—. Sin señal de móvil. Típico.

Lena mete la mano en su bolso, busca el teléfono inteligente. Nada. Sin cobertura. Suspira, un sonido plano y tembloroso. —Espera, hay un botón de emergencia… —Sus dedos lo encuentran, lo presionan. Nada. Solo silencio.

—Tranquilizador —dice Julia. Una risa tiembla en su voz, profunda y oscura como la oscuridad que las rodea—. Así que estamos atrapadas aquí. Tú y yo.

Lena traga saliva. La oscuridad es total, excepto por una débil franja roja bajo el techo que pulsa como un chorro de sangre. Oye la respiración de Julia — constante, tranquila. Todo lo contrario a la suya, que es superficial y rápida, un animal acosado en su pecho. —Seguro que lo arreglan enseguida —dice, más para sí misma.

—Claro —dice Julia. Un crujido de tela, un leve chasquido de nailon sobre la alfombra. Se sienta en el suelo, apoyando la espalda contra la pared—. Puedes sentarte también. Va a tardar.

Lena duda. Pero sus piernas están cansadas por los tacones altos que ha llevado todo el día, y la falda se tensa sobre sus muslos. Se sienta frente a Julia, con las piernas dobladas y la espalda apoyada en la fría pared de espejo. El ascensor huele a perfume y sudor — a su sudor. Nerviosismo que yace salado sobre su piel.

—¿Tienes miedo a la oscuridad? —pregunta Julia. Su voz viene de la negrura, cercana y a la vez lejana, como si susurrara directamente al oído de Lena.

—No —miente Lena—. Solo… los espacios cerrados no son lo mío.

—Entiendo. —Una pausa en la que Lena oye los latidos de su propio corazón—. Podríamos matar el tiempo.

Lena se sobresalta. —¿Cómo? ¿Hablando?

—Por ejemplo. —La voz de Julia tiene ahora algo de terciopelo, algo deslizante que acaricia la piel de Lena—. O… algo más.

Lena siente cómo su corazón da un vuelco, luego late el doble de rápido. —¿Qué quieres decir? —Su voz es ronca, apenas un susurro.

—Bueno, estamos aquí sin que nos molesten. Sin cámaras, sin colegas. Solo nosotras dos. Y tengo la sensación de que me has estado mirando todo el día — de una manera que va más allá de la mera competencia.

Lena se alegra de la oscuridad que oculta su rostro. Porque arde, un calor que sube desde su vientre y enrojece sus mejillas. Julia tiene razón. La ha estado mirando — una y otra vez, a escondidas, cuando Julia estaba inclinada sobre su escritorio, el lápiz entre los dientes, el ceño fruncido de concentración. Y cada vez, Lena se ha excitado un poco, un cosquilleo en la boca del estómago que ha disimulado con una sonrisa. Pero ahora no hay sonrisa, solo este silencio opresivo y la voz de Julia.

—No sé de qué hablas —dice, pero su voz suena débil, quebradiza como el cristal.

Julia se ríe en voz baja. —Oh, sí. Y ahora que estamos atrapadas aquí, pensé que podrías ser sincera por una vez. O al menos, curiosa.

El armazón del ascensor cruje, un gemido metálico. Lena cierra los ojos, aunque no cambia nada. Sus manos descansan planas sobre el suelo frío, los dedos separados. Oye cómo Julia se mueve, el leve roce de los vaqueros sobre la alfombra. Luego una mano sobre su rodilla.

No se aparta. La mano es cálida, firme, como si perteneciera exactamente allí. Las yemas de los dedos de Julia rozan la tela de su falda, una vez, dos veces, una promesa. Lena traga saliva con dificultad, tiene la boca como seca.

—¿Está bien? —pregunta Julia. Su voz está justo al lado del oído de Lena, tan cerca que siente su aliento cálido en la piel. Debe haberse inclinado, el olor de su perfume — especiado, con un toque de vainilla — envuelve a Lena, la aturde.

Lena asiente, luego dice roncamente: —Sí.

La mano sube más, empuja el borde de la falda un poco hacia arriba. El muslo de Lena está desnudo, la piel sensible como carne cruda. Los dedos de Julia dibujan círculos sobre ella, lentos, exploratorios, como si aprendieran un lenguaje secreto. Lena se muerde el labio inferior hasta que sabe a sangre. No debería permitir esto — es su colega, su rival, la mujer que le disputa el puesto de ascenso. Pero la presión en su pierna es buena, correcta, y quiere más. Lo quiere todo.

—Estás temblando —murmura Julia. Su voz es un soplo que roza la oreja de Lena.

—Tengo frío. —La mentira arde en su lengua.

—¿Quieres que te caliente?

Sin esperar una respuesta, Julia se acerca más. Sus caderas chocan contra las rodillas de Lena, se arrodilla frente a ella, una sombra en la oscuridad. El corazón de Lena golpea contra sus costillas, un tamborileo salvaje. Siente el aliento de Julia en su rostro, cálido y ligero, luego una boca sobre la suya — suave, exigente, una posesión. Los labios de Julia saben a cereza, por su lápiz de labios, y a algo salado, algo primigenio. El beso es profundo, su lengua se desliza entre los dientes de Lena, encuentra su lengua, juega con ella. Lena gime, un sonido que surge de lo más profundo, de un lugar que ha mantenido cerrado durante mucho tiempo. Sus manos encuentran los hombros de Julia, se aferran a la tela de la blusa, casi la rasgan.

Julia se separa un momento, susurra: —Bien. Muy bien. —Su voz es áspera, llena de deseo. Luego se inclina de nuevo, sus labios recorren la barbilla de Lena, bajan por el cuello. Chupa el punto sensible bajo la oreja, y Lena se arquea, un escalofrío recorre sus brazos, haciéndola temblar.

—Julia… —suspira, un ruego.

—Di mi nombre otra vez —dice Julia contra su piel, su lengua una promesa húmeda.

—Julia. —Suena como una oración, como una entrega.

Las manos de Julia están bajo la blusa de Lena, acariciando la piel desnuda de su vientre, subiendo por las costillas. Sus dedos son frescos, pero dejan un rastro ardiente. Lena levanta los brazos, ayudándola a quitarle la prenda. El aire fresco golpea sus pechos, los pezones inmediatamente duros, erectos de deseo. Julia se inclina, toma un pezón en la boca, lo rodea con la lengua, lentamente, dolorosamente lento. Lena echa la cabeza hacia atrás, golpeando contra la pared de espejo, pero no siente nada más que la boca succionadora, el calor que se acumula en su bajo vientre.

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