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El tercer invitado

Relatos de Cornudo · aprox. 13 min de lectura · Mayores de 18

Lara abre la puerta, y el hombre que está en el pasillo huele a lluvia y a tabaco frío. El aroma penetra en su nariz, denso y familiar, como si lo hubiera conocido siempre. Ben lo recogió hace una hora en un bar: miradas fugaces, un asentimiento, una cita que ambos tomaron solo a medias en serio. Ahora está aquí, y Lara siente cómo su corazón late contra las costillas, un ritmo salvaje e impaciente. Su coño ya empieza a humedecerse, solo con la visión de este desconocido. Se hace a un lado, lo deja entrar. Sus dedos tiemblan en el picaporte, mientras una oleada caliente recorre sus venas.

La primera impresión

Se llama Félix, de treinta y tantos, con el pelo oscuro que le cae sobre la frente, y una sonrisa que no es ni tímida ni descarada: es una sonrisa que lo sabe todo. Lleva una chaqueta de cuero gastada bajo el brazo, una camisa a cuadros con el cuello abierto, bajo el cual se dibuja un rastro de vello en el pecho. Ben lo saluda con una palmada en el hombro, como si fueran viejos amigos. Lara observa cómo los dos hombres se estrechan la mano: los dedos cuidados de Ben cerrándose sobre la mano más ancha y áspera de Félix. Un cosquilleo recorre su nuca, un escalofrío eléctrico que se acumula en su húmeda rendija. Aprieta los muslos, siente cómo su clítoris roza contra la tela de su pantalón, un primer y pequeño temblor de placer.

—¿Vino? —pregunta Ben, ya en el salón. Félix asiente, y mientras Ben llena las copas, Félix se sienta en el sofá, justo donde Lara estuvo sentada hace una hora, con los pies bajo los muslos y el portátil sobre las rodillas. Ella ocupa el sillón frente a él, el cuero frío a través del fino pantalón de tela, un shock sobre su piel caldeada. Ben le pasa una copa a Félix, se sienta a su lado, deja caer la mano con soltura sobre su hombro. Es un gesto que Lara conoce: la manera de Ben de sugerir familiaridad, de apaciguar. Pero hoy parece un puente por el que algo fluye de un lado a otro entre los hombres, algo invisible y ardiente. Las bragas de Lara ya se pegan a sus labios vaginales, una promesa mojada.

—Salud —dice Ben. Beben. El vino es un Cabernet Sauvignon, oscuro y denso, deja un rastro de cereza y vainilla en la lengua de Lara, una dulce promesa. El piso está en silencio, salvo por el leve rumor de la ciudad allá fuera, que suena como un latido lejano. Las cortinas están corridas, la luz de la lámpara de pie baña la habitación en un dorado engañoso que pinta sombras en los rincones. El coño de Lara late, un pulso duro y apremiante que palpita entre sus piernas. Se imagina cómo la gruesa polla de Félix penetra en ella, la llena, le roba el aire.

Ben habla sobre el bar, sobre una banda que tocó allí, sobre algún tipo que invitó una ronda. Lara no escucha. Mira a Félix, cómo sostiene la copa, cómo agita el vino, cómo hace girar el líquido en círculos que se reflejan en sus pensamientos. Su mirada se encuentra con la de ella, se detiene, luego baja hacia su boca. Ella siente cómo sus labios se secan, se los lame, un deslizamiento lento y consciente de la lengua. Félix sonríe, un movimiento apenas perceptible, pero algo se abre en ella, una puerta que nunca había cerrado del todo. Sus pezones se tensan bajo el sostén, duros botones que presionan contra la tela.

«Lara toca el piano», dice Ben de repente. La mirada de Félix se dirige al viejo piano de cola en la esquina. «¿Nos tocas algo?»

«Quizás más tarde», dice ella. Su voz suena extraña, más grave de lo habitual, una octava llena de deseo. Ben se levanta, va a la barra, se sirve whisky. «¿Sabes?», dice, dirigiéndose a Félix, «nunca hemos hecho esto. Invitar a alguien así.» Se ríe, un sonido breve y tenso que se rompe en el silencio. La mano de Lara se desplaza inconscientemente hacia su regazo, presiona contra la tela, un pequeño consuelo para su coño ardiente.

Félix se recuesta, los brazos extendidos sobre el respaldo del sofá, un rey en su trono. «¿Y por qué hoy?»

Lara ve cómo los hombros de Ben se tensan. Da un gran trago de whisky, que le quema la garganta al bajar. «No sé. Porque tenemos curiosidad.» Se sienta de nuevo junto a Félix, esta vez más cerca, su cadera casi a la altura del muslo de Félix. El pulso de Lara golpea contra sus sienes, un latido violento que escucha zumbar en sus oídos. Se levanta, va hacia ellos, se sienta en el brazo del sofá, muy cerca de Ben. Sus dedos se deslizan en su cabello, enredan un mechón que se siente sedoso. Ben le sonríe hacia arriba, pero sus ojos son serios, oscuros de expectación. Lara siente que sus bragas están completamente empapadas, el jugo de su rendija se filtra y deja una mancha oscura en la tela.

Félix la observa, como un espectador en el teatro que disfruta de la tensión en el escenario. Lara se inclina y besa a Ben, un beso largo y exploratorio que abre sus labios e invita a su lengua. Ella saborea whisky y algo salado, el sudor de su excitación. La mano de Ben se posa en su cadera, la presiona suavemente, la atrae más cerca. Pero los pensamientos de Lara están en la presencia de Félix, en el calor que irradia su cuerpo, a solo unos centímetros de distancia, un rescoldo que abrasa su piel. Se separa de Ben, gira la cabeza. La mirada de Félix es oscura, sus pupilas dilatadas, dos agujeros negros que la devoran. «¿Te gusta mirar?», pregunta ella. Su propia franqueza la sorprende, una chispa que brota de ella. Su coño late de deseo, un sonido húmedo que solo ella oye.

Félix asiente lentamente. «Sí, quiero verte ser follada.» La palabra queda suspendida en el aire, pesada y definitiva. El aliento de Lara se corta, su vagina se contrae ante esas palabras.

Ben la atrae hacia su regazo, y ella siente su erección a través de la tela de sus pantalones, una presión dura e insistente contra sus nalgas. Se frota contra él, un movimiento lento y circular, mientras mira a Félix. Su mano se desliza lentamente hacia su cinturón, lo abre, un clic metálico que corta el espacio. Pero no hace ademán de desnudarse. Solo el gesto. Una amenaza. Una promesa. Lara respira más rápido, su pecho se eleva y desciende bajo la fina tela de su camiseta. Las manos de Ben se deslizan debajo, acarician su vientre, sus costillas, la piel arde bajo sus dedos. Ella cierra los ojos, los abre de nuevo: Félix sigue ahí, inmóvil, una silueta oscura bajo la luz de la lámpara, una sombra que respira. Su polla se dibuja claramente bajo el pantalón, un bulto grueso y duro que hace salivar a Lara.

«Quítate la ropa», le dice Ben. Su voz es ronca, áspera de deseo. Lara obedece. Se quita la camiseta por la cabeza, un tirón que despeina su cabello, se desabrocha los pantalones, los deja caer. Solo lleva puesto un sostén negro y las bragas a juego, que se han oscurecido, una mancha húmeda justo sobre su rendija. Sus tetas sobresalen del sostén, turgentes y pesadas, los pezones visibles como puntos duros a través de la tela. La mirada de Félix viaja de sus senos a sus muslos, se detiene en la mancha húmeda. Se lame los labios, un sonido animal y hambriento.

Ben le abre el sujetador, un gesto hábil que hace que los tirantes se deslicen de sus hombros. Sus pechos caen libres, llenos y pesados, los pezones oscuros y duros. Las manos de Ben se cierran sobre ellos, los masajean, pellizcan los pezones, hasta que Lara gime. «Sí, tócame», susurra, mientras mira a Felix. Su mano está ahora sobre su entrepierna, presiona contra la polla dura, la frota a través de la tela. Lara puede ver cómo se acumula la saliva en sus labios, cómo sus ojos se vuelven vidriosos de lujuria.

«Quítate también las bragas», ordena Ben. Lara desliza la tela húmeda sobre sus caderas, la deja caer. Su coño queda al descubierto, los labios vaginales hinchados y mojados, el clítoris duro y rojo, un pequeño botón de placer que asoma. Abre ligeramente las piernas, ofreciéndole a Felix una vista perfecta de su coño mojado y abierto. «¿Ves lo cachonda que estoy?», susurra. «Mi concha gotea solo por ti.» Felix gime suavemente, su mano ahora frota con más fuerza sobre su polla, que se dibuja como una barra bajo la tela.

Ben la empuja hacia adelante, la inclina sobre el respaldo del sofá. Su culo se alza, su coño abierto y listo. Se coloca detrás de ella, abre su cremallera. Su polla salta hacia afuera, dura y gruesa, el glande brillante por el prepucio. Lara mira fijamente a Felix mientras siente cómo la polla de Ben presiona contra sus labios vaginales. «Sí, fóllame», jadea. «Muéstrale cómo me follas.» Ben embiste, una embestida dura y profunda que la llena, que estira su coño. Lara grita, un sonido salvaje que brota de su garganta. «¡Oh, Dios, sí!» Su polla se desliza dentro de ella, mojada y caliente, el jugo de su excitación le facilita penetrarla profundamente. Cada embestida la empuja más contra el respaldo del sofá, sus tetas se balancean con el movimiento, los pezones rozan el cuero.

Felix la observa, su mano ahora sobre su polla al descubierto. Se ha desabrochado el pantalón, abierto la cremallera, su polla gruesa y turgente en la mano. El glande es rojo oscuro, una gota de placer fluye de la punta. La acaricia lentamente mientras mira cómo Ben se folla a Lara. «Sí, móntalo», murmura. «Tómalo profundo en tu coño.» Lara gime, su respiración se vuelve corta y violenta. Siente cómo la polla de Ben late dentro de ella, cómo se mueve en su vagina caliente y mojada, un ritmo constante y duro que la empuja hacia el clímax.

Ben se inclina hacia adelante, su pecho contra su espalda, le susurra al oído: «Quiero que él también te folle.» El corazón de Lara se acelera, un latido salvaje e incrédulo. «Sí», jadea. «Sí, quiero sentir su polla dentro de mí.» Ben se retira, su polla mojada por su jugo, un hilo brillante que se rompe entre ellos. Lara se endereza, se gira hacia Felix. «Ven aquí», dice, su voz ronca de deseo. «Fóllame el coño mojado.»

Félix se levanta, su verga erecta frente a él, un trozo de carne grueso y duro. Lara se arrodilla, abre la boca. Quiere saborearlo, sentir su glande en su lengua. Pero Félix la agarra por la barbilla, levanta su cabeza. «No, quiero metértela en el coño», gruñe. La empuja de vuelta al sofá, le abre las piernas, hunde la cabeza entre sus muslos. Su lengua encuentra enseguida su clítoris, juega con él, un juego húmedo y hábil que hace gritar a Lara. «¡Sí, lámeme!», gime. «¡Lámeme el coño mojado!» Su lengua se sumerge en ella, saborea su jugo, su sudor, su deseo. Lara se aferra a su pelo, aprieta su cabeza más fuerte entre sus piernas. Su boca chupa su clítoris, un tirón duro y rítmico que la lleva al borde. «¡Me vengo!», grita. «¡Oh Dios, me vengo!» Su cuerpo tiembla, un orgasmo salvaje e incontrolable que la recorre, su coño se contrae alrededor de su lengua, la inunda con su jugo. Félix bebe con avidez, su boca pegada a su concha, hasta que ella se relaja.

Antes de que pueda recuperarse, Félix se incorpora, agarra sus caderas, la voltea boca abajo. Su culo yace frente a él, abierto y listo. Guía su verga hacia su hendidura mojada, se empuja dentro. Una sola embestida profunda que la llena hasta la garganta. Lara grita, un sonido salvaje y doloroso que se convierte en placer. La verga de Félix es más gruesa que la de Ben, la estira, la llena hasta reventar. La folla duro, cada embestida un golpe de martillo que la hunde más en el cojín del sofá. Ben está al lado, su mano alrededor de su propia verga, frotándosela mientras mira. Su respiración es pesada, sus ojos vidriosos de lujuria. Lara siente cómo la verga de Félix late dentro de ella, cómo se mueve en su coño caliente y apretado, un ritmo salvaje e implacable. Sus tetas rozan el cuero, los pezones arden de placer. Muerde el cojín para no gritar, pero los gemidos se escapan de ella, sonidos calientes y sucios que llenan la habitación.

«Fóllatela más duro», gime Ben. «Muéstrale cómo folla una verga de verdad.» Félix obedece, sus embestidas se vuelven más rápidas, más profundas, cada una una declaración de su deseo. Lara siente cómo se acumula un segundo orgasmo, una tormenta inmensa y devoradora. «¡Me vengo otra vez!», grita. «¡Oh Dios, me vengo otra vez!» Su coño se contrae alrededor de la verga de Félix, una contracción violenta y rítmica que lo arrastra consigo. Él embiste una, dos, tres veces, luego se descarga dentro de ella, un chorro caliente

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