El portátil se abre y las rodillas de Marlene se hunden en la alfombra, los muslos separados, como si ya pudiera sentirlo. Cuatro meses sin sus manos, su boca: el anhelo se ha anidado en sus articulaciones, un tirón sordo que ignora durante el día, pero ahora, en la pálida luz de la pantalla, estalla. En la pantalla parpadea el rostro de Jonas, primero pixelado, luego nítido: sombra de barba, ojos enrojecidos por el jet lag, pero brillantes cuando la ve.

El primer toque a través del cristal
«Llegas tarde», dice, la voz rasposa como papel de lija. Marlene oye la sonrisa en ella, el crujido de su satisfacción por tenerla frente a él. «El curso se alargó», miente, porque necesitó cinco minutos más en el baño para cremarse, alisarse el cabello, ponerse la camiseta fina sin sujetador. Nada de eso era necesario, pero necesitaba el ritual, prepararse para él.
Jonas se recuesta. Su camisa se abre — dos botones, tres — y ella ve el vello del pecho que tantas veces acarició. «Te ves bien, Mar. Demasiado bien para esta hora». Bosteza exageradamente, pero sus ojos vagan, se detienen en su cuello, donde su pulso aletea como un pájaro atrapado. «Tú también», dice ella, y las palabras pesan por su significado.
«¿Sabes lo que hice hoy?», pregunta, y ella siente que esto no será una charla trivial. «Encontré tu perfume en el armario. El frasco que olvidaste. Olí hasta casi volverme loco». Marlene traga. «Jonas…» «No, escucha. Imaginé cómo hueles cuando estás mojada. Cómo sabe tu piel. Y entonces me llevé la mano». Su mirada es directa, oscura. «Y te imaginé a ti».
Una oleada de calor atraviesa el vientre de Marlene. Se desliza sobre las rodillas, se sienta sobre los talones, sintiendo la presión de su propio peso. «¿Tú también?», pregunta él en voz baja. «Sí», confiesa ella, casi un susurro. «Cada noche. A veces al mediodía, cuando no puedo evitarlo». Respira superficialmente, sus dedos juegan con el borde de la camiseta. «Muéstrame cómo lo haces».
Su mano desaparece debajo de la mesa. Marlene oye un leve roce de tela, luego su gemido ahogado. El sonido atraviesa los pequeños altavoces, directo hacia ella, vibra en su pecho. Se muerde el labio, su propia mano se desliza entre sus muslos, sobre el fino slip. La tela ya está húmeda. Lo aparta, las yemas de los dedos sobre la piel caliente. El toque es una descarga eléctrica.
«Déjame ver», susurra él. «Por favor, Marlene. Baja la cámara». Ella duda un segundo, luego levanta el portátil, lo coloca sobre la mesa de centro. Se arrodilla frente a él, el rostro medio en cuadro, pero su cuerpo ahora es el centro: los muslos abiertos, la camiseta subida, el slip apartado. La respiración de Jonas es pesada. «Dios, eres tan hermosa. Tan mojada». Sus ojos están muy abiertos, enfocados. Su mano se mueve más rápido, ella lo ve en el recorte de la imagen, un roce borroso.
Marlene se introduce dos dedos, un leve sonido escapa de ella — no de vergüenza, sino de placer. La cámara captura todo: el brillo, el leve enrojecimiento. «Tan profundo como tú», dice, y suena como una invitación. Él gime más fuerte ahora, impaciente. «Quiero follarte, Marlene. Echarte sobre la mesa y estar tan profundo en ti que no sientas nada más. Quiero tener tu sabor en la lengua mientras te corres». Sus palabras son un golpe que contrae sus músculos. Sus dedos se deslizan más fácil, el ritmo se vuelve más apremiante.
«Dime qué quieres ver», forcejea ella. «Todo», jadea él. «Hazte venir para mí. Quiero verte correrte, tu cara, tu coño, todo». Marlene se tumba boca arriba, el portátil sobre el pecho, la imagen tiembla, pero ella mantiene la cámara apuntando a su mano, al juego resbaladizo de sus dedos. Ya no puede ver su rostro, solo su voz, que la guía. «Primero más lento. Acaríciate. Piensa en cómo sería mi lengua». Ella obedece, el toque se vuelve más suave, circular. «Sí, así. Te lamo, de abajo arriba…» Su voz es un temblor. Ella imagina su boca, el calor, la presión. Su pelvis se eleva, un deseo inconsciente.
«Estoy cerca», gime ella, las palabras un suspiro. «Espera aún», ordena él. «Yo también. Espérame. Juntos». Ella siente la tensión en su voz, el jadeo. Sus dedos giran más rápido, la presión aumenta, una ola que se acerca, imparable. «Jonas…» «Sí, ahora. Córrete para mí». Eso es el detonante. La ola rompe — un torrente de espasmos que sacuden su cuerpo, su gemido incontrolable. Ella oye su grito, un ronco «¡Joder!», luego su jadeo, sincronizado con el de ella, un dúo desde la distancia.
Un minuto solo de respiración. Marlene deja caer la mano, siente la humedad en su vientre, el latido que se desvanece lentamente. Levanta el portátil, su rostro aparece de nuevo, sudoroso, feliz, los ojos pesados. «Te amo», dice él. «Yo también te amo, idiota», ríe ella, pero la voz suena entre lágrimas. «Cuatro semanas más», susurra él. «Cuatro semanas, y estaré contigo. Y entonces no te soltaré de las manos».
Resaca y anhelo
Marlene se envuelve en la manta que aún huele a él — un aroma débil que se ha desvanecido tras meses. En la pantalla, él se pasa la mano por el cabello, una imagen familiar. «¿Hasta mañana? ¿Misma hora?», pregunta él. «Misma hora», confirma ella. La ventana se cierra, su imagen se congela por un momento, luego se vuelve negra. Ella deja el portátil a un lado, los dedos aún húmedos, el corazón aún pesado. Pero más ligera que antes. El anhelo no ha desaparecido, pero ha encontrado una válvula de escape. Y en cuatro semanas, ya no habrá cristal entre ellos.
Pero la noche aún es joven. Marlene permanece tendida en la alfombra, la manta enroscada a su alrededor, el cosquilleo aún en la piel. Piensa en su rostro, en la forma en que pronunció su nombre. El silencio en la habitación es ruidoso, pero ella lo llena de recuerdos: su olor, su calor, la forma en que la miraba como si fuera lo único en el mundo. Cierra los ojos y deja que las imágenes lleguen — ella en la cama, él sobre ella, sus manos por todas partes. Su mano se desliza involuntariamente de nuevo entre sus piernas, acaricia la piel sensible que aún palpita. Un leve suspiro escapa de ella cuando repite el toque, más lento esta vez, con deleite. Imagina que él estuviera aquí ahora, que tomara su mano y la guiara. La fantasía es tan fuerte que casi siente su aliento en la nuca. Se gira de lado, aprieta los muslos, los frota uno contra otro, hasta que una segunda ola, más pequeña, la arrasa — más suave, pero no menos dulce.
Voces de la comunidad
Aún no hay voces — sé la primera en decir qué te ha excitado.
