Esta historia fue creada automáticamente con ayuda de IA. Todos los personajes son mayores de edad. Mayores de 18.

El aire nocturno estaba cargado del dulce aroma de los naranjos en flor mientras deambulaba por las estrechas callejuelas de Lisboa. Había quedado con Sofía en una pequeña tasca, un local encantador que conocía desde hacía años. Nos habíamos conocido hacía varios años, cuando yo era un joven arquitecto y ella me había encargado un proyecto. Desde entonces, nos habíamos vuelto amigos íntimos, y a menudo había deseado que nuestra relación fuera algo más que platónica. Pero el tiempo nos había separado, y nunca había tenido el valor de expresar mis verdaderos sentimientos.
Al entrar en la tasca, vi a Sofía ya sentada en una mesa, con una copa de vino en la mano y una sonrisa en los labios. Estaba impresionante, su pelo oscuro caía en ondas rizadas sobre sus hombros, y sus ojos brillaban como las estrellas en la noche. Me senté junto a ella y tomé su mano, sintiendo el calor y la suavidad de su piel. Hablamos de viejos tiempos, de nuestros sueños y esperanzas, y noté que la conexión entre nosotros seguía siendo fuerte. Mientras pedíamos nuestras bebidas, noté a un hombre que nos observaba desde un rincón del local. Era alto y de pelo oscuro, con un rostro que me recordaba a las esculturas de los antiguos griegos. Sofía siguió mi mirada y sonrió al ver al hombre. —Ese es Luís —dijo—. Un amigo mío. Sentí una ligera chispa en el aire cuando Luís se acercó y se sentó con nosotros.
La noche pasó volando, y hablamos de todo. Luís era encantador y ocurrente, y me sentía a gusto en su presencia. Pero no podía evitar mirar a Sofía, que me cautivaba con sus ojos. Notaba que ella también me miraba, y sabía que algo iba a pasar entre nosotros. A medida que avanzaba la noche, nuestras conversaciones se volvían más íntimas, y me di cuenta de que Luís se estaba convirtiendo en parte de nuestro juego. Nos miraba como si nos invitara a compartirlo, y sentí que Sofía me incitaba a tocarlo. Puse mi mano en su rodilla, y él me miró como pidiéndome que continuara. Sofía tomó mi otra mano y la llevó a su boca, besando mis dedos, como si me pidiera que la amara.
La noche estaba llena del aroma de los naranjos y del sonido de los fados cuando salimos de la tasca y nos perdimos por las estrechas callejuelas de Lisboa. Caminábamos de la mano, con Luís en el medio, y sentía que formábamos un trío que encajaba. Encontramos una pequeña casa que Sofía conocía, y entramos como si la noche misma nos invitara. Las habitaciones estaban impregnadas del olor de las flores, y el aire era cálido y suave. Nos amamos, los tres, en una danza que nos abarcaba a todos. Luís besaba a Sofía mientras yo la tocaba, y sentía que todos éramos parte de un todo. La noche estaba llena del sonido de nuestros suspiros, y supe que nunca volvería a estar solo.
Pero cuando la noche terminó y salió el sol, me di cuenta de que nuestra relación no era tan sencilla. Luís era solo un invitado en nuestras vidas, y Sofía y yo teníamos que decidir si continuábamos nuestra relación. Estábamos sentados en la cama, los tres, mirándonos, como si la realidad misma nos pidiera tomar una decisión. Sofía tomó mi mano, y vi lágrimas en sus ojos. —Te amo —dijo—. Pero no sé si estoy lista para compartirte. Miré a Luís, y supe que nos entendía. —Soy solo una parte de vuestra vida —dijo—. Nunca me interpondré entre vosotros. Miré a Sofía, y supe que no quería perderla. —Yo también te amo —dije—. Pero sé que nuestra relación no es tan sencilla. Sofía sonrió, y vi que lo entendía. —Ya veremos —dijo—. Ya veremos qué nos depara el futuro.
Salió el sol, y salimos de la casa, los tres, y caminamos hacia la ciudad. Nos miramos, y supe que nuestra relación era una aventura que nos abarcaba a los tres. Pero también sabía que nuestro amor no era tan sencillo, y que teníamos que decidir si continuábamos nuestra relación. Miré a Sofía, y supe que nunca quería perderla. Pero también sabía que nuestro amor era un riesgo que los tres corríamos. El futuro era incierto, y sabía que teníamos que decidir si continuábamos nuestra relación. Miré a Luís, y supe que nos entendía. —Ya veremos —dijo—. Ya veremos qué nos depara el futuro. Y con esas palabras, nos separamos, los tres, y dejamos que el futuro nos sorprendiera.
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