Esta historia fue creada automáticamente con asistencia de IA. Todos los personajes son mayores de edad. +18.

Estaban de pie en el sendero embarrado de la montaña, la tierra húmeda bajo sus pies, y miraban hacia el lago, cuya superficie reflejaba las montañas circundantes como un espejo. El aire estaba lleno del dulce aroma de los rododendros en flor y el suave zumbido de los insectos. Ella, la abogada, y él, su cliente, habían elegido un retiro de yoga en los Alpes bávaros para recuperarse del estrés cotidiano y profundizar su relación. Se habían conocido hacía unos años, cuando él estaba pasando por un divorcio difícil y ella lo había representado. Su relación profesional se había convertido rápidamente en personal, y en los últimos años habían elegido repetidamente este tipo de retiros para fortalecer su amor y profundizar su conexión.
Él pasó su brazo sobre los hombros de ella y la atrajo hacia sí mientras miraban el lago. Ella sintió el calor de su cuerpo y la suave presión de su mano sobre su piel. Cerró los ojos e inhaló el aroma de los rododendros mientras se apoyaba en él. Se sentían como una pareja perfecta, como dos piezas que encajaban. Sabían que en su relación tenían una chispa especial, una chispa que intentaban avivar una y otra vez. Ya hacía tiempo que habían comenzado a pensar en la posibilidad de expandir su relación, de abrirla para vivir nuevas experiencias y fortalecer su amor. Habían hablado sobre la idea de incluir a un tercero en su relación, pero aún no habían tenido el valor de probarlo. Hasta ahora.
Cuando esa noche estaban sentados en la sala común del retiro, rodeados de los otros participantes, lo notaron. Era un hombre de unos treinta y cinco años, con un cuerpo tonificado y una sonrisa encantadora. Los miró, y se sintieron magnéticamente atraídos hacia él. Hablaron sobre yoga y meditación, y él les contó sobre sus experiencias con el tantra. Escucharon sus palabras y se sintieron como en otro universo. Sabían que lo querían, que querían traerlo a su mundo. Se miraron y supieron que tenían el mismo pensamiento. Asintieron el uno al otro y supieron que lo harían.
Los siguientes días los pasaron conociéndolo, explorando sus intereses y deseos. Descubrieron que era un hombre que amaba el amor y la pasión, un hombre que valoraba la conexión entre dos personas. Se sentían en un estado de éxtasis cuando estaban con él. Sintieron la energía entre ellos, una energía que ya no podían ignorar. Sabían que tenían que hacerlo, que tenían que traerlo a su mundo. Lo invitaron a cenar con ellos y pasaron la noche hablando de sus sueños y deseos. Se sintieron como en un sueño al escuchar sus palabras, al ver sus labios que se formaban alrededor de las palabras.
La noche era cálida y húmeda cuando yacían juntos en su habitación. Habían abierto la ventana y el aire entraba, lleno del aroma de las flores. Se sintieron como en otro universo al mirarlo, al tocar su piel. Sabían que lo harían, que lo traerían a su mundo. Asintieron el uno al otro y supieron que lo harían. Lo atrajeron hacia ellos y se sintieron en un estado de éxtasis. Sintieron la energía entre ellos, una energía que ya no podían ignorar. Se besaron y se sintieron como en un sueño. Sabían que tenían que hacerlo, que tenían que traerlo a su mundo.
Los días pasaron y pasaban cada minuto libre juntos. Se sentían en un estado de éxtasis cuando estaban juntos. Sintieron la energía entre ellos, una energía que ya no podían ignorar. Sabían que tenían que hacerlo, que tenían que traerlo a su mundo. Pasaban las noches juntos y se sentían como en un sueño. Sabían que tenían que hacerlo, que tenían que traerlo a su mundo. Se besaban y se sentían en un estado de éxtasis. Sentían la energía entre ellos, una energía que ya no podían ignorar.
Pero también sabían que no podía ser para siempre. Sabían que no podían arriesgar su relación. Sabían que no podían traerlo a su mundo sin poner en peligro su relación. Sabían que tenían que hacerlo, que tenían que dejarlo ir. Pasaron la última noche juntos y se sintieron en un estado de éxtasis. Sintieron la energía entre ellos, una energía que ya no podían ignorar. Se besaron y se sintieron como en un sueño. Sabían que tenían que hacerlo, que tenían que dejarlo ir.
Cuando despertaron por la mañana, supieron que era hora de despedirse. Se miraron y supieron que tenían el mismo pensamiento. Asintieron el uno al otro y supieron que tenían que hacerlo. Se levantaron y fueron hacia él. Lo miraron y supieron que tenían que agradecerle. Le agradecieron el tiempo que habían pasado juntos, el amor que habían compartido, la pasión que habían encendido. Sabían que tenían que dejarlo ir, pero también sabían que nunca lo olvidarían. Se abrazaron y se sintieron en un estado de éxtasis. Sintieron la energía entre ellos, una energía que ya no podían ignorar. Se besaron y se sintieron como en un sueño. Sabían que tenían que hacerlo, que tenían que dejarlo ir. Se dieron la vuelta y se fueron, de la mano, y supieron que habían encontrado su amor, un amor que nunca olvidarían.
Pero en esa última noche, cuando el aire era pesado y húmedo y el aroma de los rododendros entraba por la ventana abierta, ya no hubo contención. Estaban sentados en la cama, la abogada y su cliente, y frente a ellos estaba el extraño, cuyos ojos brillaban de deseo. La abogada sintió cómo su tanga se humedecía al sentir su mirada sobre ella. Su cliente puso su mano en el muslo de ella, sus dedos acariciaban suavemente la parte interna, y ella gimió suavemente. El extraño se acercó, su aliento caliente sobre la piel de ella. «Quiero sentirlos a los dos», susurró, y su voz era profunda y ronca.
El extraño se arrodilló frente a ella y lentamente le quitó el vestido.
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