El olor a salvia quemada y madera milenaria colgaba, denso y dulce, en el aire mientras subía el último escalón hacia la cima de la torre. La luna llena se cernía, enorme y pesada, sobre la ciudad élfica de Luz Plateada, y su luz fría y blanca se derramaba a través de los arcos abiertos del observatorio en un amplio torrente fluido que bañaba el pulido suelo de piedra en una plata lechosa. Mi mentora, la maga Lirael, estaba de espaldas a mí, su cabello plateado suelto y ondulante hasta su cintura estrecha, cada hebra parecía atrapar y almacenar la luz lunar. Llevaba un vestido sencillo y oscuro de seda pesada que acariciaba su esbelta figura y susurraba suavemente con cada uno de sus leves movimientos. En sus manos sostenía un bastón de nudosa raíz que brillaba débilmente bajo la luz de la luna, una luz pulsante, azulada, que parecía latir al ritmo de un corazón invisible.

—Eres puntual, Kael —dijo sin volverse. Su voz sonaba como el viento entre las hojas del Bosque Eterno, áspera y susurrante, llena de secretos ancestrales—. El pacto solo puede sellarse bajo la luz plena. Ni un minuto antes, ni un minuto después.
Me acerqué, mis pasos resonaban quedamente sobre la piedra pulida, un contraste profano con su presencia etérea. Durante cinco años había aprendido de ella, había estudiado el arte de los elementos y las estrellas, había soportado su paciencia y su severidad. Pero este pacto era diferente. No solo me convertiría en su alumno de pleno derecho, sino que nos uniría para siempre, de una manera que iba mucho más allá de la magia. Lirael lo había insinuado cuando me llamó, su voz más grave de lo habitual, sus ojos taladrándome. «El pacto exige entrega, Kael. No solo del espíritu, sino también del cuerpo. Todo lo que eres, debes darlo. No retengas nada».
Mi pulso golpeaba contra mi garganta, un tamborilero salvaje e impaciente. Había oído rumores, de magos mayores que mencionaban esos pactos en susurros, sus miradas cargadas de significado, pero nunca me había atrevido a preguntar. Ahora estaba aquí, y el silencio entre nosotros estaba cargado de cosas no dichas, de una tensión que hacía hormiguear mi piel.
Ella se volvió lentamente. Su rostro era delgado, los pómulos altos y afilados, los ojos de un violeta profundo y adictivo que bajo la luz de la luna parecían casi negros, como la profundidad de un océano en la noche. Una sonrisa fina y sabia jugueteaba en sus labios. —¿Sabes lo que va a suceder ahora?
Tragué saliva, tenía la boca seca. —No exactamente. Pero confío en ti. Por completo.
—La confianza es buena. Pero se necesita algo más. Se necesita deseo. Se necesita la voluntad indómita de tomar. —Dejó el bastón a un lado, el resplandor se apagó, y se acercó a mí. Sus movimientos eran fluidos, gráciles como los de un felino, cada fibra de su cuerpo tensa y lista. Cuando se paró frente a mí, apenas me llegaba al hombro. Levantó una mano y la posó sobre mi mejilla. Sus dedos eran fríos, pero un ligero escalofrío eléctrico me recorrió, erizó el vello de mi nuca y se concentró en mi vientre.
—El Pacto de las Alas Nocturnas es uno de los más antiguos, Kael —susurró, su aliento cálido en mi oído—. Une al alumno con la maga, no solo a través del conocimiento, sino a través de una conexión profunda y física. Es un intercambio de energía, de fuerza vital. Y exige que nos entreguemos el uno al otro, sin reservas, sin vergüenza. Que yo me abra a ti, y tú a mí. Que me tomes como nunca has tomado a nadie.
Su mano se deslizó de mi mejilla hacia mi cuello, sus yemas rozaron mi nuez, luego mi pecho, donde mi corazón latía salvajemente contra su mano plana. Me quedé quieto, cautivado por su mirada que me atravesaba. —Estoy listo —dije, y mi voz sonó más ronca, más áspera de lo que había pretendido. Una promesa, un gruñido.
—Lo estás —murmuró—. Lo he visto en tus ojos desde el primer día. El fuego de la curiosidad, el anhelo de más. El hambre que nunca te suelta. —Dio un paso más, y su cuerpo casi rozó el mío. Sentí el calor que emanaba de ella, aunque sus manos eran frías, un fuego interior que parecía envolverme—. Pero hay un último paso, una última prueba. Debes tomarme, Kael. Aquí, bajo la luna llena. Debes desearme tanto que tu cuerpo no pueda evitarlo. Solo si me deseas, no como maga, sino como mujer, como carne y hueso, se sellará el pacto. Si me tomas como si tu vida dependiera de ello.
Mi aliento se detuvo. Siempre la había admirado, su fuerza, su sabiduría, su belleza callada e inalcanzable. Pero nunca me había permitido verla así. Ahora, bajo esta luz, con esta oferta en sus labios, su voz invitándome a poseerla, toda mi reserva se disolvió en un torrente caliente y codicioso. Puse mis manos en sus caderas, sentí la curva esbelta bajo la tela suave, el calor de su piel que traspasaba la seda. —Te deseo —dije, y era la pura y cruda verdad. Cada fibra de mi cuerpo lo gritaba.
Ella sonrió, una sonrisa genuina y cálida que arrugó las comisuras de sus ojos y por un momento suavizó y rejuveneció su rostro. —Entonces muéstramelo. Muéstrame cuánto.
Me incliné y la besé. No fue un beso suave e interrogante. Fue un beso exigente, hambriento. Sus labios eran suaves y sabían a menta y a algo antiguo, como el aire de una gruta oculta, a tierra húmeda y tesoros escondidos. Se abrió a mí de inmediato, un sonido ahogado de sorpresa y deseo, dejó que mi lengua entrara mientras sus manos se enredaban en mi cabello y me atraían con más fuerza hacia ella. El beso se volvió más profundo, más exigente, una lucha de lenguas, y sentí cómo su cuerpo se apretaba contra el mío, sus pechos presionando contra mi pecho. Mis manos viajaron de sus caderas a sus hombros, deslizando el vestido sobre su piel suave y cálida. Cayó al suelo con un susurro, y ella quedó desnuda frente a mí, la luna acariciaba cada curva y cada hueco de su cuerpo, bañándolo en una luz plateada y brillante. Sus pechos eran llenos y pesados, los pezones oscuros y duros. La curva de su cintura, la redondez de sus caderas, el triángulo oscuro entre sus piernas… todo era perfecto, todo era una invitación.
—Eres hermosa —murmuré, y lo decía en serio. Más que hermosa. Impresionante. Divina.
Ella tiró de mi camisa, sus dedos temblaban ligeramente, y la ayudé a quitármela apresuradamente, los botones volaron. Luego mi pantalón, que abrí de un tirón y me quité. Estábamos desnudos, la piel acariciada por el aire fresco
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