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Días de verano en Lisboa

Relatos de Primeras Veces · aprox. 6 min de lectura · Mayores de 18

Esta historia fue creada automáticamente con apoyo de IA. Todas las personas son mayores de edad. +18.

El sol arrojaba su luz dorada sobre los muros blancos del hotel boutique cuando crucé las amplias puertas de cristal. El calor de Lisboa pesaba en el aire, húmedo y opresivo, haciendo que mi piel se pegara bajo la fina blusa. Estaba allí para entrevistarlo, a ese exitoso empresario que años atrás había conquistado el mundo de los negocios con su innovador concepto. Mi jefe me había encargado escribir una historia exclusiva sobre él, y yo estaba decidida a iluminar cada rincón oculto de su vida. Al entrar en la recepción, lo vi esperándome: sentado con las piernas abiertas en un sillón de cuero, su sonrisa encantadora, pero sus ojos oscuros escondían algo, una profundidad hambrienta que me atravesó al instante. Se llamaba Ricardo, a mediados de los treinta, con un cabello negro y espeso y un rostro de facciones afiladas que recordaba a un ave rapaz. Llevaba un traje a medida que marcaba cada curva muscular de su figura atlética: hombros anchos, caderas estrechas, manos fuertes.

De repente me sentí desnuda en mi sencilla blusa y mis pantalones negros, insuficiente, pero reprimí ese pensamiento rápidamente. Nos dimos la mano, y su apretón fue firme, cálido, y un cosquilleo eléctrico subió desde mis dedos directo a mi vientre. Mis pezones se tensaron bajo la tela, y sentí un calor húmedo comenzar a latir entre mis piernas. Me dije a mí misma que era nerviosismo, pero en el fondo sabía: era algo más que eso. Nos sentamos en el bar del hotel, pedimos gin tonics, y la conversación comenzó. Él era brillante, ingenioso, y pronto me perdí en su voz. Sus ojos brillaban cuando reía, y no podía evitarlo: me imaginaba esos labios recorriendo mi cuello, esos dedos tocando mi piel. Cada vez que se inclinaba para alzar su vaso, vislumbraba su fuerte cuello, el inicio del vello de su pecho bajo la camisa. Mi respiración se volvió más superficial, y apreté los muslos para contener el leve temblor en mi entrepierna.

Le pregunté por su éxito, por los desafíos que había superado y por sus planes de futuro. Respondía con franqueza, pero había momentos en que se retraía: una sombra en sus ojos, un dolor secreto que no lograba descifrar. Mi instinto periodístico gritaba que allí había una historia, pero algo más en mí ardía con más fuerza: el deseo de desnudar a ese hombre, de explorar sus secretos no solo con palabras, sino con mi cuerpo. Cuando el sol se puso y el bar se fue vaciando lentamente, Ricardo sugirió que nos trasladáramos al jardín del hotel. El aire nocturno era cálido y denso con el aroma de jazmines y adelfas, y me sentí transportada a otro mundo: un mundo de sombras y hojas susurrantes donde todo parecía permitido.

Nos sentamos en un banco de hierro forjado bajo un viejo olivo, y la conversación se volvió poco a poco más personal. Habló de su matrimonio, de las grietas que se habían ido abriendo a lo largo de los años, de la soledad en una relación que hacía tiempo se había convertido en una farsa. Yo escuchaba, y mi corazón se abría a él, no solo por compasión, sino por un hambre salvaje y egoísta. Quería ser el consuelo, la distracción, la redención. Mi mano se deslizó aparentemente sin querer sobre la suya, y cuando no la retiró, sentí el calor dispararse por mis venas. «Tú me entiendes», susurró, y su mirada quemaba sobre mis labios. «Quiero algo más que entenderte», respondí, y mi voz sonó ronca de deseo. «Quiero sentirlo.»

El beso comenzó suave, pero voraz. Sus labios se presionaron contra los míos, exigentes y hambrientos, mientras su mano se enredaba en mi pelo y echaba mi cabeza hacia atrás. Gemí bajito cuando su lengua penetró en mi boca, caliente y exploradora, y saboreé el gin y su masculinidad. Mis manos recorrieron su traje, tiraron de la corbata, desabotonaron su camisa hasta sentir su pecho desnudo bajo mis dedos: liso, ardiente, con un fino vello que se erizó bajo mi tacto. «Te quiero aquí y ahora», jadeó contra mi boca, y su mano se deslizó bajo mi blusa, encontró mi pecho, lo aferró con rudeza. Mi sujetador estorbaba, y simplemente lo bajó de un tirón, liberando mis pezones duros y sensibles, que temblaron de inmediato bajo su pulgar.

Se inclinó, tomó un pezón en su boca, y grité bajito: un sonido agudo, animal, que se perdió en la noche silenciosa. Su lengua rodeó la punta endurecida, succionó, mordió suavemente, mientras su mano libre masajeaba mi otro pecho, lo amasaba, lo apretaba. Hundí mis dedos en su cabello, lo atraje más contra mí, mientras oleadas de placer recorrían mi cuerpo a toda velocidad. «Sí, justo ahí», jadeé, «no pares.» Su mano soltó mi pecho y descendió, sobre mi vientre, hasta llegar a la cintura de mis pantalones. Los desabrochó, bajó la cremallera, y sus dedos se deslizaron bajo las bragas, directamente a mi hendidura húmeda y ardiente. «Ya estás empapada», susurró ronco, y sentí cómo dos dedos se hundían en mí: lento, profundo, hasta que sentí que iba a estallar. Mi espalda se arqueó, y gemí fuerte cuando comenzó a follarme: con los dedos, que entraban y salían de mí, mientras su pulgar rodeaba mi clítoris, esa perla sensible que se hinchaba bajo su tacto como una pequeña piedra dura.

«Levántate», ordenó, y obedecí sin dudar. Me giró, me empujó contra el tronco del olivo, y sentí la corteza áspera a través de mi fina blusa. Sus manos tiraron de la cintura de mis pantalones, bajaron pantalones y bragas hasta que quedaron colgando alrededor de mis tobillos. Me quedé allí, desnuda de cintura para abajo, mi trasero húmedo y expuesto al cálido viento nocturno, temblando de expectación. «Lo quieres, ¿verdad?», susurró pegado a mi oreja, mientras su mano acariciaba mi nalga, se deslizaba por la hendidura entre mis muslos, donde mi coño ya estaba abierto y listo esperándolo. «Sí», jadeé, «fóllame, Ricardo. Fóllame duro.»

Oí cómo abría su cremallera, oí el leve susurro de la tela cuando liberó su polla. Entonces sentí algo grande, caliente y pulsante contra mi entrada húmeda: el glande, ancho y liso, que se deslizaba sobre mis labios, provocándome, torturándome. «Tómala», susurró, y empujé mi trasero hacia atrás, abriéndome para él, y con una sola embestida poderosa penetró en mí. El grito que escapó de mi garganta…

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