Esta historia fue creada automáticamente con apoyo de IA. Todas las personas son mayores de edad. +18.

Ella estaba sentada junto a la ventana de la cabaña de montaña, con la mirada fija en los picos nevados, mientras él se ocupaba del fuego de la chimenea. La llama arrojaba una luz cálida sobre su piel, hacía brillar sus hombros y brazos con un destello dorado, y ella no podía evitar mirarlo. Era un caso inusual el que le había confiado, un caso que ponía en juego su integridad y su reputación. Ella era su abogada, y él su cliente, pero en ese momento se sentía como si fueran solo dos personas que se encontraban en el silencio de las montañas. Su respiración se detuvo cuando vio el sudor en su nuca, que se deslizaba hacia el hueco entre sus omóplatos. Sintió cómo sus muslos se apretaban involuntariamente, un pulso húmedo entre sus piernas que no podía reprimir.
Él le había pedido que lo acompañara a esta cabaña remota para hablar sin interrupciones de los detalles de su caso. Ella había aceptado porque sabía que él estaba en una situación difícil y necesitaba toda su atención. Ahora, mientras lo observaba, sentía una conexión extraña con él que iba más allá de la relación profesional. Veía cómo se movía, cómo jugaban sus músculos bajo la piel, cómo los tendones de sus antebrazos sobresalían al echar otro leño al fuego. Sus ojos se oscurecían cuando pensaba en las dificultades que lo acosaban, pero también notaba cómo su mirada se deslizaba una y otra vez hacia ella, sobre sus piernas, sus pechos, sus labios. Sentía cómo despertaban sus propias emociones, cómo su piel comenzaba a hormiguear y cómo sus sentidos se agudizaban. El olor a humo de leña y a hombre llenaba la estancia, y no podía evitar respirar hondo, absorbiéndolo.
Él notó su mirada y se giró hacia ella. Sus ojos se encontraron, y por un momento el tiempo se detuvo. Sintió cómo la miraba, cómo esperaba su reacción, cómo se acercaba a ella. Sintió que sus mejillas se calentaban y que sus labios se abrían para dejar escapar un leve suspiro. Se sentó a su lado, y ella sintió su calor, su cercanía, su presencia. La distancia entre ellos se redujo a centímetros. Se miraron, y ambos supieron que algo estaba ocurriendo entre ellos, algo que ya no podían controlar. Su corazón golpeaba contra sus costillas, y sentía cómo aumentaba la humedad entre sus piernas, un dolor ardiente y apremiante que lo reclamaba a él.
Empezaron a hablar entre ellos, pero sus palabras ya no eran de derecho y justicia, sino de anhelo y deseo. Se contaron sus sueños, sus miedos y sus esperanzas. Compartieron sus secretos, y se sintieron cada vez más cerca, más unidos. La noche cayó sobre las montañas, y las estrellas brillaban en el cielo. Estaban sentados junto a la ventana, mirando hacia la oscuridad, mientras se acercaban cada vez más. Sintió cómo su mano tocaba la de ella, cómo sus dedos se entrelazaban con los suyos, cómo la atraía hacia él. Cuando la soltó, su mano se deslizó por su muslo, y ella tembló bajo su tacto. «Eres tan hermosa», susurró él, con la voz ronca de deseo. Ella no respondió, sino que se inclinó hacia delante, presionando su boca contra la de él.
El beso fue profundo, exigente. Su lengua penetró en su boca, explorando, reclamando, tomando. Ella se dejó caer, se dejó llevar por él. Su mano subió más, se deslizó bajo su falda, acarició su muslo hasta que sintió el calor entre sus piernas. «Estás tan mojada», gimió él contra sus labios, sus dedos presionando la tela de sus bragas. «Quiero follarte», dijo directamente, sus palabras una promesa y una amenaza a la vez. Ella jadeó cuando sus dedos apartaron la tela y tocaron directamente su húmeda raja. Acarició sus labios vaginales, ya resbaladizos por su excitación, y ella gimió fuerte, dejando caer la cabeza hacia atrás. «Sí», jadeó, «fóllame, por favor.»
La apartó de la ventana, hacia la gruesa alfombra frente a la chimenea. Ella se dejó caer con docilidad, su falda se subió, sus piernas se abrieron para él. Él se arrodilló entre ellas, y ella vio cómo se tensaba su pantalón, lo duro que estaba. Alcanzó su cinturón, lo abrió con dedos temblorosos, bajó la cremallera. Su polla saltó fuera, gruesa, roja, el glande brillante de humedad. Ella la rodeó con la mano, sintiendo el calor, la dureza, la vena pulsante en la parte inferior. «Cómemela», ordenó roncamente, y él obedeció al instante.
Su cabeza desapareció entre sus piernas, su lengua encontró su húmeda raja. La lamió de abajo arriba, rodeó su clítoris, ya duro e hinchado. Ella gritó cuando él la golpeó directamente con la punta de la lengua, una sacudida de placer recorrió su cuerpo. «Sí, sí, justo ahí», gimió, sus manos hundiéndose en su cabello. Él hundió su lengua en su coño, lamiendo sus jugos, que fluían abundantemente. Ella sintió cómo se contraían sus músculos, cómo la tensión excitada en su bajo vientre se hinchaba. Él chupó su clítoris, presionando su lengua plana contra él, y ella se corrió con un grito fuerte, su pelvis arqueándose, su coño contrayéndose y rociando su humedad en su boca.
Él no aflojó, la lamió a través de su orgasmo, hasta que ella temblaba y jadeaba. Luego se incorporó, su polla erguida ante él, húmeda de su saliva y su deseo. «Ahora quiero follarte», dijo, sus ojos brillando a la luz del fuego. Ella se giró a cuatro patas, ofreciéndole su culo, su coño, aún húmedo y abierto. Él se posicionó detrás de ella, el glande de su dura verga presionando contra su entrada. «Sí, fóllame fuerte», suplicó, y él embistió.
Su polla penetró profundamente en ella, llenándola por completo. Ella gritó, un grito de placer y dolor, cuando él estiró sus apretadas paredes. Comenzó a embestir, despacio al principio, luego cada vez más rápido. Cada embestida la hacía temblar, sus pechos se balanceaban bajo ella, sus pezones rozando la alfombra. Él agarró sus caderas, la atrajo hacia él, hundiendo su polla hasta el fondo dentro de ella. «Te sientes tan jodidamente bien», gimió, su aliento caliente en su oído. «Tan apretada, tan mojada.»
Ella sintió cómo su polla se movía dentro de ella, cómo llenaba cada pliegue, cada irregularidad de su coño. Amaba la sensación de ser tomada, de ser usada. «Más fuerte», jadeó, «fóllame más fuerte.» Él obedeció, sus embestidas se volvieron más potentes, más profundas. Agarró su cabello, tiró de su cabeza hacia atrás mientras la tomaba por detrás.
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